Eco-Negocios Tropicales

O de cómo salvar la diversidad de vida del Bosque Húmedo Tropical atendiendo las necesidades de sus habitantes.

Publicado en el diario El Mundo, Lima, Junio de 1995
Por: Javier Domínguez Faura

Dentro del bosque veo vida. Veo hongos en el suelo, frutos en las ramas de árboles, semillas, lianas y escarabajos. Veo a un maderero mirar al bosque y sé lo que él ve. Él ve trozas de madera que aún están en pie y que pueden llevarse a un aserradero. Sus ojos sólo han visto dinero. Los míos también.

Cuando veo el bosque y reconozco sus recursos (látex, castaña, uña de gato) veo el negocio que se puede hacer con ellos. Veo que los pobladores del bosque podrían mejorar sus ingresos al aprovecharlos. Y que si sus necesidades básicas son satisfechas con la recolección, transformación y venta de los productos que vienen del bosque, ellos serán los primeros en defenderlo. Cada dólar que cuelgue de una rama, o que corra por las fibras de una planta medicinal va a permitir que el bosque sobreviva. La clave es que la gente que vive en el bosque vea el valor económico que éste tiene no sólo en la madera. Sólo cuidamos lo que valoramos.

A excepción de la castaña y el caucho, el Estado no alienta el uso de los productos del bosque que son diferentes de la madera. Con sus políticas, el Estado favorece la deforestación, perjudicando incluso a los extractores de madera. La agricultura y ganadería extensiva, que es lo que promueve, requieren “limpiar” el suelo de la vegetación que posee. El bosque es un “estorbo” al “desarrollo”. No creo en ese “desarrollo” y estoy seguro que ese “estorbo” puede conseguir más dinero al fisco cuando los árboles están en pie.

El bosque no sólo es productor de madera sino de una infinidad de recursos diferentes a ella. Alas de mariposa, frutos exóticos, pieles de animales, plantas medicinales, látex, fibras, esencias y otros más son usados para subsistencia, vendidos en mercados locales, o exportados al extranjero. Los que, legal o ilegalmente, se comercializan participan en una red de intercambio que puede llegar desde el Lago Valencia, en Madre de Dios, hasta las chocolaterías de Londres en Inglaterra.

Los castañeros de Madre de Dios en Perú, de Pando y Beni en Bolivia, y de Pará y Acre en Brasil ven en los árboles de castaña la manera de ganarse la vida. Ellos no tumban los castaños, sino que recolectan sus frutos para extraer las semillas y venderlas luego como castañas, nuez del brasil o nuez del amazonas. Las castañas son uno de los productos forestales más importantes en Madre de Dios en Perú, y los castaños, desde varias décadas, tienen también una importancia económica grande en Bolivia y Brasil. En 1985 el proceso de pelado de castaña generó US $ 872 250,00 en salarios en Madre de Dios, garantizando trabajo continuo de abril a noviembre para 920 trabajadores.

En Tamshiyacu y San Pedro, la gente local extrae diversos tipos de fruta del bosque para luego venderlos en Iquitos. Estos frutos son fáciles de fermentar, pero la proximidad al mercado (el puerto de Belén) permite llevarlos hasta allá antes que se malogren y a precios competitivos. Otros caseríos ubicados un poco más lejos a lo largo del rio Amazonas no tienen estas ventajas y comercializan otros productos del bosque que soporten más el viaje y que tengan un mejor precio. Uno de ellos es ahora la uña de gato. A esta liana se le suman aceites (de ungurahui y de copaiba), cortezas (sangre de grado) y raíces (chuchuhuasi).

Un ejercicio de valoración hecho en Tamshiyacu en 1989 por dos botánicos (Charles Peters del Instituto de Botánica Económica del Jardín Botánico de Nueva York y Alwyn Gentry del Jardín Botánico de Missouri) y un economista de recursos naturales (Robert Mendelsohn de la Universidad de Yale) halló que el valor neto de una hectárea de bosque era de 420,00 dólares al año cuando se usaban los productos del bosque y se vendían en el mercado de Iquitos. De esta forma, el bosque vale más que si usado para extracción forestal o para ganadería. La diferencia de la extracción de frutas, resinas y plantas medicinales respecto a las otras actividades, es que recolectar los impuestos que correspondería a su comercialización es mucho más difícil.

Este estudio ha sido criticado por varias presuntas deficiencias, como la cuestión de si esa hectárea de muestra es representativa del resto de la amazonía peruana, o como el hecho de que Tamshiyacu está cerca de un mercado (Iquitos) haciendo posible la venta de productos que otros poblados no podrían lograr. Sin embargo el estudio es uno de los pioneros en tratar de encontrar el valor económico de nuestros bosques y llama la atención sobre las posibilidades de explotación de estos productos “no maderables” o, simplemente, diferentes de la madera.

Pero para que el negocio de vender productos diferentes de la madera sea exitoso para los que venden, los que compran y para el bosque, se debe conseguir cumplir con ciertos requisitos. El primero es que el producto tenga un mercado (o que se pueda crear uno para él). Es la primera consideración para cualquiera que quiera abrir un negocio. La conciencia ambiental mundial que se está logrando puede ayudar mucho en conseguir una demanda para el producto. Algunos ejemplos son los helados de castaña y el Forest Crunch que vende Ben & Jerry en los Estados Unidos de América (aunque no mucha gente está de acuerdo con este negocio -ver Los Detractores en esta página).

EL MARFIL ES AHORA VEGETAL

El segundo requisito del eco-negocio es que la producción y extracción de lo que pensamos vender sea sostenible en el tiempo. Esto significa, por ejemplo, no comercializar helados de aguaje si para conseguir los frutos hay que tumbar la palmera. O no cortar bosque virgen para sembrar uña de gato. Esto es importante para que el negocio no sea un sueño de corto plazo sino una alternativa de desarrollo para el largo, largo plazo.

Esto está condicionado también por otro factor, que es el precio que pueda tener nuestro producto. Si bien los mercados alternativos están dispuestos a pagar un poco más por un producto “verde”, acceder a ellos es a veces extremadamente difícil, y ser competitivo se convierte en una cuestión de vida o muerte (ver Los Detractores y El Marfil es ahora Vegetal).

Un factor más, con igual peso que el resto, es la participación de las comunidades que habitan los bosques de donde se sacan los recursos en el diseño, ejecución y beneficio del proyecto. Si ellos no pueden desarrollarse en el aspecto económico y social, el proyecto muy fácilmente puede fracasar. La presión social por el fracaso de una iniciativa de este tipo puede ser tan fuerte que arruine cualquier esfuerzo posterior para el desarrollo de esas comunidades y para la conservación de los bosques en que habitan.

Para salvar al bosque hay que encontrar la manera de usarlo económicamente, de encontrar productos que, extraídos de manera sostenible, es decir, sin deteriorar el potencial de producción y los procesos ecológicos del sistema, puedan darle una alternativa de vida a sus pobladores. Por eso cuando estoy dentro del bosque no sólo veo vida, sino que trato de buscar cómo hacer dinero de él.

Para “proteger” el bosque debemos encontrar actividades económicas que permitan a la gente que los habita un estándar de vida digno y respetable. Esto es lo que entiende Conservación Internacional (CI), una organización que trabaja por la naturaleza y los pueblos que habitan en ella desde hace ocho años.

En la región del Chocó en Ecuador, hace ya unos cinco años, CI empezó el eco-negocio de la venta de botones de tagua, la semilla de una palmera conocida en el Perú como yarina, bajo la marca Iniciativa TaguaTM. La principal idea de CI es la de lograr la conservación de áreas de muy alta diversidad de especies, a la que ellos denominan áreas calientes, a través del mejoramiento de la calidad de vida de los pobladores de esas áreas.

Para ellos lo primero es el contacto con una institución local que trabaje con los pobladores de esos sitios. El proyecto de la Iniciativa Tagua empezó con el contacto de CIDESA, una organización de desarrollo comunitario que venía trabajando en la región del Chocó ecuatoriano. El interés principal de CIDESA fue el de mejorar el ingreso de la gente de la Comuna Río Santiago Cayapas, el cual era una de los más bajos en todo el país.

Luego del diseño del proyecto con la participación de los miembros de la Comuna, la gente de Cayapas empezó a recolectar la Tagua para fabricar los discos precursores a los botones. A pesar de que la gente no recogía Tagua por décadas, la actividad no es nueva para la zona, sino que se remonta a principios de siglo, cuando los botones de plásticos no competían con su menor precio.

Para la conducción del eco-negocio, CI no sólo se fija en el componente de sostenibilidad (cosecha a largo plazo sin daños en el ecosistema) sino que mira a los productos alternativos sostenibles de la forma como cualquier negocio lo hace. Para lograr el éxito en los objetivos del proyecto el punto clave es que el producto debe ser rentable para todos los que participan, desde los recolectores hasta las compañías nacionales e internacionales.

A esta iniciativa se sumo un número de fabricantes de ropa que querían el sello “verde” de botones de tagua en sus prendas, entre ellas Esprit, Gap, Banana Republic y Smith & Hawken. A mayo de 1993, la iniciativa ha vendido un total de 15 millones de botones con un valor en el mercado de 1.5 millones de dólares americanos.

Luego de dos años de proyecto, el precio que los pobladores de Cayapas reciben se ha duplicado y las órdenes de venta han aumentado también. Esto debido a la ampliación del mercado y a la aparición de una competencia a los monopolios del pasado.

Los retos que tiene ahora CI son de diversificar su mercado y de tratar de darle mayor valor al producto que se puede obtener de la tagua. Su blanca dureza le da la apariencia de marfil, un marfil vegetal que puede reemplazar los adornos hechos con los colmillos de elefante, especialmente ahora que CI ha empezado una relación comercial con el consorcio japonés Keindanren para abastecerlos con ornamentos elaborados en el Ecuador por las comunidades de la región del Chocó.

 

LOS DETRACTORES

La idea de vender castañas, para ayudar a los nativos y a los castañeros de la selva brasilera empezó con Cultural Survival (CS), una agrupación sin fines de lucro de Norteamérica. Jason Clay, de CS, conoció a Ben Cohen, de los helados Ben & Jerry, y le conversó sobre su idea de comercializar castañas para ayudar a los grupos nativos y de castañeros de la amazonía brasilera. Ben había fundado su empresa con una idea muy social de lo que debía ser el capitalismo y se animó con la idea. Así nació un nuevo sabor de helados de Ben & Jerry (que se vende a US $ 2.99 la pinta), y el Forest Crunch, un turrón que contiene una mezcla de castaña, otras nueces y miel.

Cultural Survival se contactó entonces con la Cooperativa Extractivista de Xapurí. Ellos proveerían de la castaña necesaria para los productos y CS buscaría precios que pagasen los costos reales de la recolección y procesamiento de la castaña, de manera que los miembros de la cooperativa recibiesen mayores ingresos.

La propaganda inicial era que la compra de esos productos ayudaría a gente del Brasil a iniciar los trabajos de la cooperativa y que los bosques tropicales son más rentables cuando se extraen sus frutos y plantas medicinales que cuando sus árboles son cortados y quemados para negocios de corto plazo.

Pero los problemas empezaron cuando la demanda por el producto se incrementó y la gente de la cooperativa no podía proveer todos los pedidos. CS empezó a comprar castaña del mercado de Nueva York, llegando incluso a obtener más de la mitad de las castañas del mercado comercial y no de la cooperativa y las comunidades indias Kayapó que luchan por defender los bosques donde viven.

Los proveedores de castaña de Ben & Jerry incluyen ahora a la familia Mutran. Esta familia maneja cerca del 80% del mercado de castaña brasilero y uno de sus miembros ha sido convicto por la muerte de un dirigente sindical de los recolectores. Y esto no se dice en la propaganda, sino que la gente sigue pensando que al comprar los helados está ayudando a la gente de Xapuri.

Ahora CS está saliendo del mercado, y la distribuidora que compraba las castañas para Ben & Jerry le debe 30,000 dólares, convirtiéndose en uno de sus peores clientes. CS reconoce ahora que el proyecto ha sido un desastre económico y social. La iniciativa ha generado US $ 0.00 para proyectos de caridad en los tres últimos años simplemente porque trabaja a pérdida. La decepción por el proyecto está en boca de muchos antropólogos: “Los capitalistas verdes son como elefantes y la gente indígena son como pequeños patos. Un colono invasor mató al pato dejando los huevos sin nadie que los cuide. El noble elefante decidió hacerle a su amigo el pato un favor y se sentó sobre los huevos”.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *